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sábado, 28 de mayo de 2011

PUNTO DE PARTIDA: EL HOMBRE


Punto de partida: El hombre

¿Qué es el hombre para Santo Tomás? El Santo Doctor parte de las palabras del Génesis: «Dios creó al hombre a su imagen y semejanza». A su imagen, porque posee algo parecido a Dios: su alma. A su semejanza, porque aunque parecido tiene algo que le diferencia: su alma no es espíritu puro.

En este concepto el hombre adquiere una excelsa condición y una elevada dignidad sobre todos los seres creados si exceptuamos a los ángeles. El hombre no es Dios, no es tampoco un ángel, pero ocupa una posición intermedia entre éste y los demás seres creados. Es una criatura de Dios en tensión natural hacia Él; compuesta de cuerpo y de alma; ésta de naturaleza simple, racional y libre, capaz de comprender a Dios por su inteligencia y de amarle por su voluntad.

Condición esencial del hombre es su libre albedrío. Esto es su gloria, aunque también haya sido su ruina, porque la voluntad libre le hizo caer en el pecado, en la repudiación, en el castigo. Adán y Eva pecaron contra la ley divina, y este pecado original fue un relajamiento, un desarreglo, que radicando en la naturaleza humana, ha gravitado sobre todos los hombres. El hombre, pues, es un noble ser caído, desterrado, perdido por esa mancha persistente que ha debilitado, aunque no destruido, la inclinación de su naturaleza hacia el bien, conduciéndolo a la ignorancia, a la malicia y a la concupiscencia.

Ante esta situación sólo se abre una esperanza: la de que Dios mismo se ofrezca para redimir la culpa de su criatura. Por eso pueden distinguirse tres fases en el proceso vital de la Humanidad: el estado de inocencia; el estado de destierro por el pecado; y el estado de redención.

Dios salva al hombre y con ello hace posible la educación. Él es el educador en cuanto gobierna las cosas conduciéndolas a su fin último.

Pero el hombre no es un ser estático, pasivo, sino que actúa en él, desde lo más profundo de su ser, el apetito. Es por consiguiente un ser en tensión permanente hacia su propio fin natural, hacia su bien, es decir, hacia su plena realización. Aspira de una manera necesaria a levantarse; pugna por elevar su mirada a lo alto, por despegarse de la cárcel en que ha quedado aprisionado, por remontar el vuelo hacia las grandes alturas.

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